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¡Sorpréndeme!
Letras Ignoradas
De la mano de la musa ensangrentada
18 de Marzo, 2007    CUENTOS

El regreso de monsieur Raymond



I

CuandoRaymond anunció su regreso, en la casa de François se armó un alboroto. Lascriadas debían trabajar el triple pues el patrón invitó al recién llegado apasar una temporada como su huésped, tal vez no recordaba la razón de lapartida de Raymond. La platería era limpiada y almacenada en los baúles nuevosque adornaban la despensa con su innecesario lujo. Louis el mayordomo recorríalas tres plantas del espacioso hogar posando sus dedos sobre balaustradas,cuadros, esculturas, ceniceros y donde encontrara un rastro de polvo, por leveque fuera, despertaba las paredes con su estruendosa voz, entonces veníaCarmen, o Denise o como era usual, Antoniette. Estas tres mujeres encargadasdel aseo y de mantener impecable el humor de Louis y François sí tenían lamemoria fresca y recordaban el incidente que había causado el desánimo delvisitante, que llegaría dentro de cinco días.

 

       No comprendolas intenciones del señor –decía Carmen a Antoniette mientras con sus manosacariciaba una estatuilla hindú en la biblioteca. Es simplemente una locura queel patrón pretenda traer a su casa a ese señor luego de lo que sucedió.

       Algo extrañotiene entre manos, eso tenlo por seguro, me huele a una trampa –respondióAntoniette pasando un trapo blanco sobre el rostro de Aristóteles en unaesquina de la habitación –. Con mis años te digo Carmen, las atenciones de unafectado son signo de maldad. Que Dios nos guarde.

       ¿Pero quédices Antoniette? Si el afectado en este caso es el señor Raymond, nuestropatrón fue el que destruyó la amistad valiéndose de sus encantos para… bueno yasabes.

 

Eneso apareció Louis en el umbral con los brazos en jarra, uno de sus ojostemblaba y ordenó cesar el chismorreo con un golpe certero de un pie sobre lamadera del suelo.

 

       ¿No tenéisdemasiado trabajo señoritas habladoras? ¡A la labor! No quiero volver aescuchar que comentéis los designios del patrón como si fuesen de vuestraincumbencia.

 

Siempreestá de mal humor, murmuraron ambas y continuaron su oficio. Las regordetascriadas reían guardando las proporciones hablando de la antigua mujer delpatrón, quien había sido ganada al señor Raymond únicamente con el uso de lagalantería y las más arteras frases de conquista a que un caballero puedeaspirar. Sus mejillas enrojecían e inclinaban las cabezas como si no pudieransoltar las carcajadas con el cuello recto. Así fueron más o menos las jornadasde limpieza a que fueron encomendadas.

 

Porotro lado, Gaspar también se vio privado de ratos libres pues su labor era unade las más vigiladas y de las que más se exigía en la casa, era el cocinero. Habíaordenado ya las raciones necesarias para las dos semanas que habría dehospedarse el señor Raymond, sin embargo sólo tenía un ayudante y lapreparación del horno, las cazuelas, las ollas inmensas, especias, recetas ydemás se ocupaban de matar el sueño que se atrevía a venir en cuclillas por lasnoches. Jacques, el joven mozo que lo ayudaba, ya no sentía la planta de suspies y cada día se le dormía un dedo diferente. Tenía que correr al mercado enbusca de algún condimento ya vencido o inexistente en la casa, o cuando uncuchillo olvidaba su época buena y se negaba a cortar. Era invierno y él sóloposeía unas sandalias de cuero que ya empezaban a mostrar agujeros en laplantilla, sus recorridos se hacían tormentosos, llegaba a calentar agua, laservía en una cuneta y en ella sumergía sus adoloridos pies hasta que Gaspar lovolvía a llamar a gritos.

 

       ¡Jacques!¡Jacques! ¿Dónde demonios te has metido chiquillo travieso? Corre, corre adonde Janire y encárgale dos frascos más de semillas de hinojo, diez tallos deestragon, pero esos los recoges pasado mañana, es sólo para que los tengalistos. También pídele un pote de aceite de macadamia, pimienta negra, oréganoy cilantro. ¡Ah! Y no olvides pedirle una canasta con tallos de berro para laensalada.  ¿Te parece que deba ordenartambién cardamomo para el pastel?

       No lo séseñor –respondió el mozo confundido por las cosas que debía mantener en sumente y no recordaba, o no le importaba el uso del cardamomo.

       Más valeprevenir, es posible que se agote el que tengo, trae dos kilos. ¡Pero esfúmatemuchacho!

 

Elchico no llegó a la puerta principal cuando Louis lo retuvo pensativo ymientras agazapaba el hombro del muchacho con sus manos huesudas le recomendócomprar tres botellas de ginebra por si acaso.

 

Afueralo vio salir pálido y consternado Denise, quien ni quería imaginarse la largalista de mandados del muchacho. Éste no sabía cómo iba a traer los pedidos,pero debía hacerlo si no quería ser gritado por Gaspar ni castigado por Louis.Ella, por el contrario, disfrutaba colgando las sábanas en el tendedero. Legustaba comparar la blancura de las telas con las nubes, y en invierno, comoera el caso, con la nieve. De las tres, era la única que amaba su trabajo,aunque a las otras dos les era indiferente, Denise sonreía y sus ojos emitíanbrillos esporádicos de felicidad cuando se levantaba y daba inicio a sujornada. Para ella estos días agitados no eran más que el aumento de susalegrías. Además, su figura esbelta reclamaba las miradas de los hombres en elmercado y adonde fueran las tres, pues no salían solas. Su rostro simétricodesaparecía esas rechonchas y deformes caras de Carmen y Antoniette, y sualiento, por alguna razón, no era de ajos ni cebollas. Por estas razones Deniseera apetecida, cada día la visitaban y acortejaban muchachos de cuadra,herreros, carpinteros y la lista podría continuar sin que ella contestase un sía sus cumplidos. Al morir la matrona, seis años antes, se había prometido a símisma no emparentar nunca con hombre alguno. Decisión que reprochabanenvidiosas sus compañeras.

 

       Eres unatonta Denise –la reprendía Carmen –. A cuántos de esos muchachos, no a todospues también tengo mi recato, pero a tantos, ¡Dios mío!, de tus pretendientes acuántos no estaría yo dichosa de levantarles mis faldas y dejarlos ser. Suspirode sólo pensarlo, en cambio tú, estúpida chicuela, te refugias en tu promesasanta como si fueses una monja en lugar de una simple criada.

Deniseignoraba sus palabras y se mantenía firme en su deseo de mantenerse virgen ycasta hasta la muerte, en honor a su señora. Ese deseo nimio y diáfano se veríatruncado dentro de poco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

II

 

Veinteaños antes en las puertas de la Universidad de la Sorbona en París, dos recién graduados en Leyes estrechan susmanos y deciden ir a un bar para celebrar la graduación. François y Raymondacuerdan encontrarse de nuevo a las once de la noche en el Bière du Fou luego de cenar con sus familiares.

 

Elprimero de ellos, François Bajac llevaba un chaleco de cuero bajo su abrigo.Sus pantalones eran del mismo material y llegaban hasta sus rodillas, seguidosde unas medias grises y delgadas que terminaban en zapatos lustrados, como erala moda. Una bufanda  a cuadros rojos ynegros adornaba su cuello, por último llevaba un sombrero de punta negrotambién. De familia adinerada pero humilde y caritativa, el joven Bajacterminaba sus estudios de Leyes en la más prestigiosa de las universidades desu país con las mejores notas y una recomendación para trabajar en el bufete deabogados Dubarry et Ferran. Hasta elmomento no ha encontrado una mujer que cumpla con sus exigentes requisitos,pues a su corta edad es considerado como un hombre de mundo, sus vastos conocimientosen literatura, pintura y teatro universales lo hacen merecedor de visitasdiarias a salones de tertulia, cenas con lacrème innée parisiense y por supuesto, obras y exposiciones artísticas.Recorre las calles hacia su casa con la vista en el suelo y las manos en losbolsillos del abrigo, ha olvidado sus guantes. Se detiene ante un portal cuyoletrero ofrece tabaco, hace mucho no se permitía este placer. Continúa sucamino pensativo, cada tres pasos da un brinco imperceptible que inclina susombrero. Justo en la esquina hay una mujer de cabello negro que fuma unGalouise recostada sobre un farol de luz. Tiene una pierna doblada que posatambién sobre la superficie de acero del poste. Su abrigo rojo está cubierto decopos de nieve, así como su cabellera. Rouge son sus labios también,insensibles al frío, provocativos. François, convencido de sus habilidades enel terreno de la conquista se apresura a su encuentro. Pero antes de que estosuceda, la mujer se incorpora y camina perdiéndose en la calle contraria.Cuando el galán Bajac llega a la intersección, ve a la mujer de abrigo rojo endirección a Montmartre, piensa si vale la pena desviarse, pero decide nohacerlo, en su casa lo esperan.

 

RaymondMarcenac es rubio y de porte elegante, descendiente de nobles y acreedor a unagran fortuna. Su traje es impecable, diseñado exclusivamente para él. El coloroliva de su vestido contrasta con el negro de su gabardina y sombrero. Lleva unbastón de mármol cuyo pomo es una rosa de cristal. Observa a los transeúntes ysaluda contento a sus conocidos.

 

       ¡Ah, Marceau!La satisfacción colma mis entrañas y deleita la razón de mi intelecto, el díade hoy han aprobado con ovaciones mi tesis sobre las estulticias eincorrecciones políticas de Robespierre y la futilidad de una revoluciónsangrienta cuyo emblema terminó siendo la guillotine.¿Recuerdas que te hablé de ella? –dice dando golpecitos con el bastón.

       Claro que síRaymond –tomándolo del hombro amistosamente –, aunque estuve en desacuerdo conalgunas de tus hipótesis, te felicito en verdad. Esta noche iremos al cabaretde Madame Suterlet, ¿vienes?

       Oh queridoamigo, si no tuviese ya planes para esta noche aceptaría con júbilo tuinvitación, pero veámonos mañana en el James Joyce, ¿te parece?

       De acuerdo,salúdame a tu familia, que Dios te guarde.

       No necesitoeso Marceau, pero gracias, hasta mañana.

 

Llegandoa la calle que va a Montmartre por su costado, Raymond se detuvo ante la imagende un ángel de cabellera negra y cuerpo enrojecido por sus pasiones y locuras.Caminaba elegante, seductor, el humo que expiraba se confundía con la nieve quecaía del cielo y se agarraba de su ropaje. El ángel se detuvo para arrojar sucigarrillo y se disponía a sacar otro de uno de los bolsillos del abrigo cuandose percató de que no tenía fuego para encenderlo. El caballero Marcenac seacercó con un yesquero alviazul en su mano. La mujer lo tomó con una sonrisa yaccionó el mecanismo ocasionando un incendio en la punta de su cigarro. 

 

       Gracias, señor…

       Marcenac, y no me diga señor, llámeme Raymond.

       ¿Y por qué debería yo llamarlo por su nombre?

       Porque usted y yo vamos a tomarnos una copa.

       ¿Ah sí? ¿Por qué está tan seguro de que aceptarésu invitación?

       Oh no se confunda, es usted quien me ha invitadoa beber coñac, pues es mi día de graduación, le agradezco mucho su atención,señorita...

       Jocelyne, Jocelyne Blanc, es usted un hombre muyarriesgado, pero me gusta su humor, así que acepto ir a tomar una copa de coñaccon usted.

       Qué nombre tan glorioso, permítame tomar subrazo y despertar la envidia de estos mortales peatones.

La mujer ríe y deja que Raymondse le acerque y la agarre de gancho. Ahora juntos fuman e ingresan en un barcostoso, conocido por el señor Marcenac. Al cabo de dos horas y varias copas nosólo de coñac, el todavía sobrio caballero se excusa, debe asistir a una cenafamiliar, pero propone a Jocelyne se encuentren en el Bière du Fou a las oncede la noche. La mujer ruborizada por el alcohol, acepta.

 

 

III

 

 

Françoisabrió la portezuela del Bière du Fou con su mano engarrotada por el frío. Lanostalgia se apoderó de él como un virus que cayera desde las lámparas en eltecho. Ante sus ojos estaban las sillas que desde la época del liceo los habíanrecibido a él y a Raymond. Sus acolchados cojines con bordados petit point,figuras de rostros de caballeros y damas que sonreían. Sobre la barradescansaban los mismos vasos y jarras que le habían proporcionado resacastantas veces en sus días de estudiante. Y detrás el tradicional rostroenfurecido de un hombre que a nadie hablaba, servía los tragos con recelo. Lasmesas estaban ocupadas por los clientes habituales, de inmediato un chiquillose arregló un delantal sucio y poniéndose un zapato en lugar de sombrero sepuso delante de él haciendo ademanes de maître d’hôtel. François, complacidopor la broma le depositó unos chelines en el bolsillo de la chaqueta y sedirigió a la mesa en que lo esperaban Raymond y sus demás camaradas.

 

       ¡François! –gritó Raymond con una sonrisa bajoel bigote – Hace tiempo esperábamos tu llegada, ¿qué ha sucedido?

       Nada grave –respondió negando con una mano –, heconversado por horas con papá, ya sabes cómo es él, discutimos el viaje quehemos planeado para el verano y no me dejó salir hasta que revisamos todas lasvariantes.

       ¿De qué hablas? ¿variantes? Tu viejo cada vezestá más chiflado, si no hay ningún problema.

 

Antes de que François pudieraresponder el chiquillo se acercó a la mesa con las cervezas ordenadas. Peroantes de retirarse, se inclinó llamando la atención de los caballeros, quienesa su vez se acercaron disimulados atentos a lo que el mesero habría dereportarles.

 

       Ha llegado una moza con teteras que alimentaríana mi familia durante varios meses, ja, ja, dice que lo busca a usted, monsieurRaymond –termina guiñando un ojo, ése que estaba menos sucio sobre una narizennegrecida por el mugre –.

       ¡Ah! Perfecto, ha llegado mi invitada –dijoRaymond mientras se levantaba y acomodaba su vestido y peinado.

       Vaya don Marcenac, ¿ha conseguido usted unamujer a quien enseñarle sus leyes? – Comentó uno de los jóvenes riendo yagarrando su jarra.

 

Todos se unieron a la broma ymiraron hacia la barra, donde se encontraba la dama. De ellos el mássorprendido era François, al ver por segunda vez a la mujer que lo habíaperturbado en la mañana. Aunque su abrigo no era rojo sino negro y llevaba untocado de finas contexturas, pudo reconocerla y su pecho ejerció una presiónnunca antes sentida que lo obligaba a dirigirse a ella y tomarla para siempre.Entonces veía a Raymond acercarse primero, “cómo demonios fue Raymond a conocera esta mujer, ¿será el destino tan fatídico que por no haberle hablado me seránegada?” pensaba. Intentó levantarse, pero sus rodillas frágiles se loimpidieron, una debilidad se apoderó de su cuerpo y sintió desfallecer. Su pechomaldecía al resto de su anatomía por impedirle apoderarse de ese trofeo tandelicioso.

 

       Caballeros, su atención por favor –dijo Raymondal traer de gancho a la mujer ante sus amigos –,  tengo el mayor de los gustos al presentarlesa mademoiselle Jocelyne Blanc, caída como del cielo a mis manos.

 

Sonrisas cordiales y volvierontodos a la cebada no sin espiar la hermosura de la dama sentada junto alcaballero abogado. François estaba inmerso en su mutismo, apenas humedecía suslabios con el líquido y sentía no poder separar sus ojos de Jocelyne, sellamaba Jocelyne, no podía haber otro nombre acorde a su hermosura, pensaba,era la perfección hecha mujer, Dios había decidido visitar de nuevo a sus hijosmortales y esta vez había tomado un cuerpo femenino, pero qué cuerpo habíaescogido.

 

Jocelyne extrajo de su bolso deastracán un cigarrero y ofreció a los caballeros. Todos aceptaron, inclusoFrançois, apenas recibió el pitillo sus dedos se deslizaron por toda lalongitud de éste terminando sobre los de la joven, quien notó el roce y recogióla mano, depositando el estuche de nuevo en su bolso. Sus miradas se cruzaron yen ese segundo François supo que ella sería suya. Se tranquilizó y pudo bebersu cerveza.

 

       ¿Y bien Damien, qué decías sobre Grévy? –preguntóRaymond una vez el silencio pareció apoderarse del grupo –.

       Me parece un hombre insensato y creo que susintereses yacen ocultos bajo la máscara de respeto por el pueblo que se haimpuesto a manera de estratagema para conseguir votos. Por otro lado, conozco aAlice, su hija, pues mi madre es confidente de Madame Grévy, debo decirles quenunca había conocido una boca más retrógrada e ignorante.

       Pero hablas de votos –interrumpió François –,¿olvidas acaso que monsieur Grévy propuso ante la Asamblea la dimisión delsufragio universal para las elecciones presidenciales durante elaboración de la Constitución? Él esun caballero lúcido y es claro que está a favor de los desamparados.

       ¡Pero si habló François Bajac, el filántropo! –carcajeóagitado Antoine Gouland, pintor que a su corta edad había conseguido un mecenasdichoso de pagarle grandes cantidades de oro por sus obras –. ¿Tú hablas de losmás desamparados? ¿Tú que disfrutas de una mansión junto al Oise? ¡Por favor!

       Calma tus aires Antoine –represó Raymond–.

       No Raymond, déjalo –se defendió Françoisdespreciando más la reacción paternal de su amigo que el comentario delartista–. Te aclaro querido maestro en el pincel, que no es tu arte el máshumilde de que se pueda hablar en París, así que no te creas un artista amigodel pueblo; además, si te dignases a leer mi tesis entenderías cuán cercanasson mis ideas a las de monsieur Grévy. La riqueza de mis arcas es una comodidadheredada, pero no así el desprecio por la plebe.

       Estoy de acuerdo con el caballero –alcanzó adecir Jocelyne antes que todos los allí presentes la miraran extrañados –. Elhaber nacido en cuna noble no significa que no se pueda abogar por la igualdadsocial, o por lo menos, por disminuir las diferencias. En mi caso, soy hija deAlexandre Blanc, miembro de la Asamblea, y le reproché con furia haber votado en contra de la Enmienda Grévy, el poderejecutivo concentrado en una sola cabeza le hace daño a la República.

       Mujer, por la delicadeza de tus palabras he decallar –respondió intimidado Antoine –. François, perdona mi descortesía, creoque la cerveza y la pintura son amigas hipócritas, mira nada más cómointroducen sandeces en mi boca.

 

Un brindissiguió a la disculpa y Raymond, tanto como François, se deleitaban con elintelecto y tono certero de mademoiselle Blanc, ambos saboreaban la idea deposeerla. Para François iba a ser más complicado, parecía que ella ya habíasido tomada por su amigo, sin embargo, su pecho no distinguía amistades nicercanías, su pecho salvaje y orgulloso se movía con sigilo en la selvadispuesto a caer sobre la presa identificada al primer descuido.

 

       Ya que habéis apuntado hacia ese tema, y perdónpor insistir –habló un hombre que había permanecido en silencio y se limitaba areír, era Xavier Combel, poeta y traductor que también se había acomodado comoperiodista y vivía con extremas comodidades –. Es que acabo de recordar.Nuestra clase, o por lo menos la vuestra, pues yo he llegado aquí a razón demis trabajos y propios esfuerzos, digo entonces que la clase dominante seencamina a un espíritu burgués fervoroso y en extremo colonialista. Hay unarribismo en nuestra sociedad que no podemos negar, existe una especie defatiga melancólica por parte de la clase media por arrebatarle el lujo aquienes están en la cima.

       Puedes estar seguro de ello Xavier, tú mismoeres una prueba del arribismo, como lo has dicho –dijo Antoine en tono irónico.

       Sí, lo sé –admitió el poeta –, yo me hice mipropio nombre, cosa bien difícil de lograr en estos días. Como lo hiciste túcon tus pinturas, no se hablaba de ningún Gouland antes de que tus cuadroscomenzaron a venderse. Lo que digo y a lo que me refiero es a ese remordimientode las clases bajas, que faltas de cualquier talento o disciplina eimposibilitadas en su ahínco por ascender en la escala social se sumergirán enuna absurdo existencial que hará mella en sus actividades productivas yprovocará tarde o temprano, el colapso de nuestra muy apreciada crème innée.Entonces no habrá nadie que lea mis poemas o compre tus cuadros, de vez encuando, y en eso apoyo a Grévy, hay que arrojar un bocadillo a las vigas quesostienen realmente al Estado, pues no es el sudor de los honorables miembrosde la Asamblea,con perdón de la señorita presente, lo que nos alimenta y permite ciertos lujos.Dependemos totalmente de ellos, y si no están contentos, pereceremos.

       Ustedes dos han corrido con suerte, se losaseguro –afirmó soberbio e imponente Raymond –. Un alto porcentaje de su fama ycomodidades se debe más a haber estado en el lugar preciso a la hora correctaque a su talento y buenas ideas. Por mi parte creo que la sociedad tiene susitio y forma, como la naturaleza. Inútil sería de nuestra parte intentaralterar lo que es ya una verdad per se.El poder ejecutivo fue pensado para ser ejercido por un solo hombre, alguienque preside a la Repúblicay guía, no con la autoridad de su voz sino en la comunión de designios yorientaciones políticas de un grupo de respetables caballeros, a toda unaNación hacia la victoria y en ocasiones al fracaso. Pero es esta ambigüedad yresponsabilidad de una cabeza sustentada en varias otras lo que da fuerza ydefiende los principios y mandatos de la musa de nuestros tiempos, lademocracia. Dirigir un Estado no es cosa de filántropos ni endebles, para eso estánlas escuelas y colegios de Derecho, con ese fin se estudia y analiza lahistoria y se discuten teorías políticas; así se forjan los líderes destinadosno por mandato divino sino por honor a su sapiencia y lucidez a gobernar.Soltarle las riendas al pueblo y hacer del ejecutivo un circo pluricéfalo estan imprudente y caótico como permitir que un infante por lo demás tullido,maneje un carruaje por las calles de París con los ojos vendados.

       Permíteme contradecirte Raymond –habló tranquiloFrançois en vista de que todos callaban por las palabras de su amigo, que porser suyas, parecían ser tomadas por ciertas –, pero yo tengo plena seguridad enque la soberanía de un Estado recae única y exclusivamente sobre el pueblo, ycomo dijo Xavier, sin su labor ardua y para nada envidiable toda la estructurasocial se derrumbaría y estaríamos nosotros entonces a sus pies, pues connuestros oficios no seríamos capaces de arrancarle patatas a la tierra. Megustaría verte hablando del poder ejecutivo con una vaca, a ver si asíconsigues la leche que tanto te gusta. Por eso te aconsejo repensar tu discursomonarquista y convencerte de una vez por toda de la legitimidad de un pueblounido cuyas necesidades y derechos han sido positivizados por fin y no sinsangre en una Constitución.

       ¡Ea por ello! –brindó Jocelyne –, y caballeros,no más política por la noche, ya tendrán oportunidad de medir sus hombrías enterrenos más nobles.

 

François había notado queJocelyne se alejaba de Raymond al oír su discurso, por lo que había aprovechadola oportunidad para su comentario, que sería bien recibido por la dama. Y lofue. Sus ojos no cesaron de encontrarse furtivamente a lo largo de la velada.Este joven abogado defensor de la razón y los firmes argumentos no encontrabarespuesta para ese fuego que comenzaba a quemar sus entrañas, era una pasiónardiente e incontrolable que poco a poco dominaba su voluntad y era madre deobscenos pensamientos en su mente. Por su parte, ella también discurría enimágenes picantes en que se entregaba al fuerte y apuesto hombre de leyes sinningún recato.

 

Cuando las cabezas ya habíandanzado con la música de la cerveza y todos hablaban y reían alrededor de temasfrívolos, François sintió un roce lento y firme sobre su entrepierna. Condisimulo miró hacia abajo y retiró el mantel de la mesa de sus piernas paraencontrar la razón de la molestia. Era un pie desnudo, indudablemente de mujerque jugueteaba con caricias sobre su miembro que pronto respondió a losestímulos. Frente a él, Jocelyne sonreía coqueta mordiendo uno de sus labios,los ojos se mostraban más atrevidos que el pie. François se excusó y se dirigióal baño, Jocelyne lo siguió, y Raymond, a quien no le faltaba astucia, loscondenó con su mirada.

 

A su regreso, una imprudenciadesató la furia del caballero Marcenac, el labial de Jocelyne se había corrido.Raymond se levantó iracundo insultando a su amigo y profanando la dignidad dela dama.

 

       ¡Malditos los dos! ¡Malditos traidores,sátrapas, arteros viciosos hijos de Satán! Entre caballeros y más entre amigoses un insulto, qué digo insulto, un disparo a traición cotizar la mujer que setiene en vista. François Bajac, os desprecio miserable cuervo, ¡augurio depenas y muertes!

       ¡Calma ya, a callar! –gritó también ofuscadaJocelyne – Yo no pertenezco a hombre alguno y mucho menos a usted, señorMarcenac, ¿apenas lo he conocido hoy y ya reclama usted mi dote? Tengo elderecho de estar con quien me …

 

La hizo callar la bofetada delindignado caballero. Los demás se levantaron ya cansados de ser merosobservadores y retuvieron la furia del hombre que quería degollar viva a ladoncella. François reía y su pecho estaba por fin satisfecho, más que amor erala perversión de arrebatarle la dama a ese hombre que hasta ahora se habíamostrado más inteligente y de mejores arcas. Era un trofeo que había ganado enfranca lid, el atractivo de los dos hombres había sido puesto a prueba yJocelyne había tomado su decisión. Pero así no lo comprendía Raymond, quienvociferaba y manoteaba perdiendo su porte elegante y refinado.

 

Por su parte Jocelyne tuvo queser retenida por François, pues también se había lanzado en contra de suagresor, dispuesta a desgarrarle el rostro con las uñas. Era una bestia reciénliberada de su jaula y no estaría contenta hasta haber hecho pagar laignominia. Pronto el silencioso tendero tuvo que acercarse y con un puñocertero calmó los ánimos del caballero y, trayendo un vaso de agua, tranquilizósin una palabra a mademoiselle Blanc.

 

Excusándose salieron todos dellugar, Jocelyne abrazaba a François y Antoine, Xavier y Damien sostenían alcasi inconsciente Raymond. Al día siguiente el joven Bajac se dirigió muytemprano en la mañana en dirección a la casa de la familia Marcenac. Lo recibióla criada malhumorada y lo hizo esperar media hora en la biblioteca. Estabahojeando Bel Ami, el libro más reciente del famoso escritor Guy de Maupassantcuando vio ante el portal el semblante tosco y poco amigable de monsieurVincent Marcenac, el padre de Raymond.

 

       Vine a hablar con su hijo, señor Marcenac –dijoFrançois, humilde pero sin rastro alguno de remordimiento –.

       Mi hijo no se encuentra, Bajac. Se ha ido parano volver, muy temprano preparó su equipaje, tomó un baúl cargado de oro de midespacho y robó una de las carrozas.

       No puede ser… ¿pero qué he…? ¿Dijo a dónde iba?Por favor Vincent, por los años que me conoce, dígame a dónde fue.

       No dijo nada, he dicho que robó la carroza, memantuvo ignorante de sus planes. Pero anoche, cuando sus amigos lo trajerongolpeado, no dejaba de clamar su nombre con odio y desprecio. “¡Vengeance!¡Vengeance!” decía, no sé qué daño fue capaz usted de infligir a Raymond, perotenga la certeza de que el orgullo de un Marcenac nunca es transgredido sin elcorrespondiente castigo. Ahora largo de mi casa, ya no es usted bienvenido –lohabía dicho todo manteniendo su compostura, en el tono severo pero templado deun buen burgués.

 

Al regresar a su casa, levantólos ojos cargados de lágrimas del suelo y vio frente al portal, un ángel decabellera negro que protegía su sensual cuerpo con un abrigo rojo invadido porpequeños copos de nieve.

 

 

 

IV

 

Bastaroncatorce años para secar la vida y reducir a cenizas el temple de JocelyneBajac. El matrimonio se mantuvo en paz por dos lustros, pero François comenzó afrecuentar lupanares sin ocultarlo a su esposa, quien enfermó de pena moral ydebió guardar cama los últimos cuatro años de su existencia. Entonces llegóDenise a la casa contratada exclusivamente para atender a la matrona.

 

Lapresencia de la nueva criada inquietó a Carmen y Antoniette, quienes desde elcomienzo supieron que los ojos de quienes hasta entonces habían sido susamantes se enfocarían únicamente en ella, joven de tan bello rostro y esbeltafigura. Pero no eran ellas mujeres rencorosas, o por lo menos no tenían lonecesario para llevar a cabo venganzas. Así que Denise absorbió por completo elinterés de los gallardos y simpáticos antiguos pretendientes de las regordetascriadas de la casa Bajac.

 

Enlas mañanas debía despertarse primero que Jocelyne para tener listo un paño deagua tibia cuando ésta abriera sus ojos. Enjuagaba su rostro y cuello con eltrozo de tela humedecido tratando de alejar los escalofríos que atormentaban amadame Bajac. Hacía varios años que la matrona no profería una sola frase cuerda,sólo pronunciaba desvaríos e inocuidades. No obstante Denise prestaba demasiadaatención a sus locuras.

 

       …El señor no debió irse… es imposible ahora quele de alcance –sollozaba y sacudía su cabeza ahuyentando imágenes dolorosas desu mente –.

       ¿Cuál señor madame? –inquiría curiosa la criada–.

       Un pomo diáfano de diamante… lo recuerdo… ohFrançois, ¿por qué acudiste a ellas?... Grévy es un hombre honorable, noimporta lo de su destitución, yo creo… sed… sed…

EntoncesDenise se apresuraba a tomar el jarrón de agua sobre la mesa de noche y servirun vaso para su señora. Así de cortas eran sus conversaciones y nunca llegarona decirse nada distinto, Jocelyne se consumía con los días, se podía sentir asu vitalidad escapando a través de los poros de su piel.

 

La criada deojos grises y figura provocativa era testigo de los abusos del patrón. Llegabaebrio a media noche con el único objetivo de golpear a su mujer por hallarsedébil e inútil. La joven debía recibir los golpes del enfurecido caballero poratreverse a detenerlo. Le había cogido mucho aprecio a Jocelyne y prefería sercastigada por defenderla en lugar de presenciar una paliza sobre un serinválido e inofensivo. Gaspar era el único que podía retirar al violento antesde que acabara con la vida de Denise a punta de golpes. Entre el cocinero y lacriada llevaban a François a su recámara y allí lo adormecían con aguasaromáticas que Jacques había preparado en tanto su jefe dominaba al señor de lacasa. Algunas veces se veían en la obligación de doparlo con medicinas paraevitar que causara más estragos en su propiedad.

 

Uno de esosdías llegó con peores ánimos e intentó violar a la joven que cuidaba deJocelyne, Gaspar se hallaba fuera de la ciudad visitando a sus padres y Jacquesse encontraba ya en un sueño profundo. Denise escuchó sus pasos firmes peroresbaladizos sobre la madera de las escaleras y se acurrucó junto a su señora.Pensaba si debía permitir que el hombre maltratara el ajado y enjuto cuerpo queyacía sobre sedas italianas. No quería ser lastimada de nuevo y sabíaperfectamente que nadie vendría en su ayuda. La puerta se abrió de una solapatada y entró el beodo ansioso de carne, esta vez su objetivo no era suesposa. 

 

       Ven aquí chiquilla, yo te voy a enseñar lo quees el amor, penetrante y ardiente, ¡amor puro y enhiesto!

       ¡Nooo!...

Ella cruzó de un salto la camasalvándose de las manos fuertes que se lanzaron sobre su cuello. Cuidó de nolastimar con su salto a la señora, quien perturbada comenzó a gemir. Françoisse dio cuenta de que no podía repetir la hazaña de la criada, así que optó porrodear la cama tropezándose con el tocador y esparciendo por el suelo las joyasde su mujer. Denise gritaba y suplicaba al caballero no le hiciera daño,mientras él emitía bufidos de borracho que se mezclaban con un “no te haré dañopreciosa, no te haré daño” entrecortado y casi ininteligible. La criada intentóvolver a saltar la cama pero su tobillo izquierdo le confesó una heridaprovocada por el primer brinco, cayó de rodillas y a merced de su patrón. Ésteabría la bragueta de su pantalón con torpeza. “Ven aquí rabiza, sé buena con tuseñor y él sabrá recompensarte” decía al extraer de la oscuridad de sus trusasuna verga torcida y afectada por la sífilis que privó a Denise y entumeció susmúsculos. El corazón de la joven emitía alaridos atormentados que no lograbanir más allá de su garganta. François golpeó a Denise fuerte y luego rasgó elvestido blanco dejando ver uno de sus protuberantes y hermosos senos.

 

       ¡Déjala estúpido! ¡Tómame a mí que soy tuesposa!

El hombre se detuvo en seguida ydirigió su mirada al rostro adormecido de Jocelyne. Sus ojos abiertos estabanclavados en él con un fuego que quemó sus entrañas y lo hizo resbalar. Cayócontra la pared dando gritos de pavor. Denise se levantó y corrió a suhabitación, en donde Carmen y Antoniette, que no se habían perdido nada de laescena, por lo menos con los oídos de chismosas, la acogieron con abrazosmaternales.

 

Al día siguiente François sedirigió a la recámara de las criadas y sosteniendo las manos de Denise entrelas suyas suplicó perdón. Nunca más volvió a llegar ebrio, y las veces en quese pasaba de copas, prefería ir a dormir a casa de algún amigo. Tampoco volvióa ingresar en la habitación de Jocelyne, temeroso de esos ojos endemoniados quelo derrotaron y quemaron su alma.

 

Hasta que un dieciséis deseptiembre Denise entró a la recámara de su apreciada defensora y encontró laventana abierta, un viento helado extraño invadía la estancia. Sobre la camasólo había cenizas. Trocitos de ceniza que emitían todavía su llanto de humo ycanturreaban lástimas y nostalgias que chocaban con los oídos de la criadadispuesta a lloriquear. Se arrodilló y rezó por el alma de su señora, que sehabía evaporado. En ese momento prometió nunca abandonar al arrepentidocaballero y cuidar de la castidad de su cuerpo como la más sublime ofrenda a lamemoria de Jocelyne Bajac.

 

Seis años después, cuandoretiraba las sábanas del tendedero, un hombre de barba llegó a la casaanunciando el regreso de monsieur Raymond.

 

 

 

 

 

V

 

En París uncarruaje de corceles negros azotados por una mano inmisericorde se dirigíaraudo a la casa de François Bajac. En su interior el pomo de cristal de unbastón era acariciado por la mano de un hombre envejecido a temprana edad. Elcaballero conservaba su elegancia, pero la frescura de sus años mozos se habíaido colando en la negrura de la melancolía. Su sombrero impecable se asomaba encada esquina intentando recordar las calles y edificios de una ciudad a la quehabía jurado nunca volver.

 

Las bestias sedetuvieron en frente de una casona lujosa que había sobrevivido a la enfermedadde su matrona y la demencia temporal del señor Bajac, actual miembro de la Asamblea Nacional.Los pulcros zapatos del caballero del carruaje tuvieron contacto con la tierraque habían despreciado cuatro lustros atrás. La punta del bastón se enterró enla espesa capa de nieve que se acumulaba junto a las ruedas del coche. Elhombre cerró la puerta y despidió a su lacayo, un hombre a quien la oscuridad dela noche desdibuja el rostro. Sólo se ven sus dientes amarillentos amontonadosentre dos labios secos por el invierno.

 

A la medianoche viajan los demonios y pasean las brujas, a esa hora llegó RaymondMarcenac, prestigioso abogado de lúgubre aspecto con una fortuna digna decomentarios y envidias en la clase alta parisiense. Su bigote gris llegabahasta más debajo de las comisuras de sus labios y sus cejas pobladas hacíancontraste con las profundas ojeras que colgaban desganadas. Con paso lento subiólas escaleras y encontró la puerta abierta. En el zaguán estaba recostadoFrançois, se había quedado dormido esperando a su viejo amigo. Con el bastón demármol, Raymond sacudió al durmiente, quien despertó asustado por la imagensiniestra del visitante. Se levantó de un salto y protegió su rostro con susmanos, esperando un golpe, o tal vez un disparo, como si sus dedos fuesencapaces de detener el recorrido de un proyectil. Pero nada sucedió, Raymond semantenía serio e inexpresivo, avanzó dos pasos y cerró la puerta tras de sí, laestancia quedó a oscuras.

 

       Hace tanto tiempo que dejé esta ciudad –comenzóel huésped –. Había olvidado sus olores. Me gusta cómo huele la nieve, húmeda ysudorosa amante del pavimento. Tantas imágenes hermosas negadas a mis ojos. Lasratas y los mendigos que no cesan su labor limosnera y despreciable. Ancianasmoribundas que se arrastran sobre la losa de las iglesias y sacerdotes quepatean rostros viejos y ajados. Me gusta París. Me gusta el rouge de la sangreen las víctimas. He recorrido el mundo entero y te puedo asegurar, queridoFrançois, que no hay en otro sitio una miseria tan pestilente y diabólica comola que se agarra a mi alma en esta ciudad. Me encanta. Por eso he regresado.

 

François siente que una manoenguantada alcanza la suya desnuda y la estrecha. Es un apretón firme perocordial, es Raymond, su amigo. Ahora el invitado pregunta por su habitación, seencuentra agotado y desea descansar. A una orden, aparece Louis y con él laluz. Cargando un candelabro entre sus huesudos dedos guía a Raymond hacia larecámara que han preparado para él. François se despide y se retira también asus aposentos, le duele el cuello y el pecho está agitado, nervioso.

 

 

En la mañana el retrato deJocelyne es iluminado por un tenue rayo de sol que se le ha escapado a lamordaza del invierno y se cuela por la ventana. El señor Bajac desciende a laprimera planta en busca de Raymond. No lo encuentra en la habitación. Preguntaa Carmen, quien pasa cargando una cesta de ropa, ella le informa que el señorMarcenac ha salido al jardín.

 

Allí se dirige, pues, François.Encuentra a su amigo sentado en una banca, tiene una pipa esculpida conboquilla de oro, el humo es negro y áspero.

 

       ¡Oh! Querido François, te has levantado por fin–dice alegre Raymond y François reconoce un leve siseo en sus palabras, tal vezun acento acogido en algún país.

       Pasé en vela esperándote, creía ibas a llegarantes de las nueve.

       Retrasos camarada, nunca faltan con esosmalditos cocheros. Además me demoré un poco en Lyon atendiendo a unos clientesde suprema relevancia. Mis finanzas van mejor que nunca, creo que mis nietosmorirán sin antes haberse acabado todo mi dinero.

       ¿Tienes hijos?

       No, era una exageración, desde que perdí aJocelyne no he vuelto a amar a otra mujer –lo decía y François así lo percibió,como si Jocelyne hubiera muerto en sus manos luego de varios años de unmatrimonio próspero.

       Sobre eso, he esperado tanto para…

       No. Mira esas petunias, cómo sobreviven el maltrato del invierno.

       ¿Por qué no entramos? Está helando aquí afuera.

       El frío no es problema, prefiero cautivar laimagen de tus flores. Había visto petunias menos hermosas que éstas en verano,su mejor época. ¿Cómo logras mantenerlas con tanta beldad en esta temporada?

       No es mi trabajo, Antoniette se encarga decuidarlas.

       Pues tendré que hablar con ella. Ahora vamosdentro que estás muriendo.

 

Los caballeros ingresaron a lacasa justo cuando Louis se disponía a llamarlos para tomar el desayuno. Carmeny el mayordomo atendieron a los señores en el salón del comedor. Platos defrutas se mostraban acompañados por trozos de pan y croissants. También habíasobre la mesa bizcochos espolvoreados de azúcar con relleno de miel y dulce demora. En una redoma reposaba jalea dulce junto a un recipiente con mermelada yotro con mantequilla. Había café y leche, la bebida preferida por Raymond,quien ni siquiera la probó esa ocasión. De hecho apenas tocó los panes, pueslas frutas y postres quedaron intactas, salvo por las ingeridas por elanfitrión. Es una cuestión de intereses, argumentó.

 

Ese día transcurriótranquilamente, vino el almuerzo y finalmente la cena, con charlas largas entreuno y otro. Se sentaron en el salón de reuniones y hablaron de los últimosveinte años. Raymond sonaba taciturno, a veces distraído. Sus ojos estuvieronclavados sobre un retrato de pareja todo el tiempo. En él aparecía Jocelyne, elvestido contrastaba con la luz de sus ojos, un ejercicio de pintura espléndidoque a juzgar por los finos trazos y orientación de los objetos, no podría serde otro autor que Antoine Gouland. Junto a ella posaba François, dieciocho añosmás joven, esbelto y vivaracho, pues las secuelas del alcohol aunadas a unavida de ocio habían hecho de él un gordo saludable pero sin atractivo. Y así sumirada no se separara del retrato de la mujer, la conversación nunca tomó eserumbo.

Al quinto día de su estadíaRaymond pidió a François fueran a pasear por la ciudad. Tomaron sus abrigos ycon el mejor porte de dos aristócratas como ellos volvieron a andar juntos porlas calles de París.

 

       Quiero que me lleves, amigo mío –rompió elsilencio de la caminata el señor Marcenac – a donde reposa aquel monstruo deacero que el dichoso señor Eiffel ha levantado en mi ciudad.

       Cuatro años después de tu partida fui llamado apresenciar su inauguración, no me gusta ese mamotreto de vigas que atentacontra toda simetría. Son trescientos metros de estulticia e insulto a nuestrahermosa ciudad.

       A pesar de eso, quisiera conocerlo. Hace unosaños estuve sobre el puente Maria Pia en Portugal, construcción suya y quedéfascinado. Ese arco de acero que se tiende bajo los rieles del puente cualAtlas sosteniendo al mundo; sublime divinidad que abraza el Oporto de orilla aorilla, simplemente perfecto. Lo ves y parece una enredadera, o mejor, unatelaraña fabricada por una bestia de hierro con fauces metálicas cuyo alientode fuego es la temeridad de la industria y la modernidad. Simplemente perfecto.

       Está bien, a la torre entonces.

 

Caminaron hasta la bestia deacero y Raymond no pudo contener la emoción. El halo lúgubre de su rostrodesapareció por un momento mientras sus ojos llorosos se deleitaban ante lavista de un edificio enorme, fabricado por la misma araña industrial. En eltercer piso de la Torrejuntos se maravillaron al ver por vez primera la majestuosidad de su ciudad,aquellas estrellas levantadas por Napoleón que dieron origen a callejones ymercados. Los dos intelectuales abogados parecían niños pequeños correteandodescubriendo edificios conocidos, señalando casas de amigos, el Bière du Fouque desde ahí se observaba minúsculo. También la casa de los fallecidos padresde Raymond, un bloquecito blanco con árboles miniatura alrededor. Entonces losdos coincidieron en una calle. Sus ojos se dirigieron simultáneamente a unasingular calle que había significado el punto de quiebre de sus vidas, veinteaños atrás. François alcanzó a ver, no lo veía realmente pero sabía que allíestaba, el farol sobre el cual había visto a Jocelyne recostada. Y Raymondpodía tocar, no podía hacerlo pero estaba seguro de palpar la esquina de lacalle en la cual había hablado con ese ángel de dimensiones celestiales ysensualidad infernal. Juntos entraron en depresión y el rostro de mademoiselleBlanc se fijó en sus mentes. Sentían que un puñal se clavaba lentamente en susvientres, se miraron y entendieron que compartían el dolor.

 

       Debo saberlo François –murmuró Raymond, evitandoque los demás escuchasen la conversación.

       Lo sé…

       ¿Dónde se encuentra? Estos cinco días heesperado que aparezca en la puerta o salga de su habitación pero el deseo hasido en vano.

       Ella…

       Dímelo sin temores amigo mío, ¡libera a micorazón de ese fardo de plomo que ha tenido aferrado a sus ventrículos y aurículas!

       Ella se extinguió hace seis años. La mató latristeza. La maté yo.

       Dime entonces para evitar mi llanto que sucuerpo divino permanece incólume sobre una lápida santa en la mejor de lasestancias de la iglesia de Notre Dame, el único lugar digno de albergar superfección por toda la eternidad.

       Amigo –entre sollozos y visos de llanto –, sucuerpo se evaporó para negarle a la tierra el contacto con su divinidad. Lascenizas que amanecieron un dieciséis de septiembre sobre su lecho, cobijadaspor el sudario, fueron llevadas por mi persona al cementerio de Levallois-Perret,en la Rue Rabelais.

       Mi corazón se ha librado de su carga peroadquiere otra peor, no haber contemplado los inmortales ojos de mi amada porúltima vez. Mi recuerdo postrero es una bofetada. ¡Qué mal! ¡Qué mal! ¡Merezcocomo eterna morada el abattoir!

       Calma Raymond, a callar. Mucha pena nos hemoscausado por esa mujer, hado de infortunio repleto de bendiciones. Olvidemos surostro o recordémoslo con alegría en nuestros corazones, volvamos a casaRaymond, han sido muchas emociones por hoy.

 

En nueve días no se mencionó eltema, François sentía haber sanado las heridas de su alma y se mostrabacariñoso con su amigo, de quien creía haber recuperado los lazos tiempo atrásrotos.

 

El día anterior a la partida deRaymond, pues tenía negocios que atender en Roma y luego un viaje a Londres,repitieron la rutina del desayuno, una caminata no muy larga, almuerzo porfuera en Chez Maxime y finalmente, una conversación tranquila en la bibliotecade la casa Bajac. Ya entrados en calor por la ginebra, repasaron sus vidas ycompararon triunfos y fracasos. Ambos complacidos con sus logros profesionales,vieron cómo el tema de Jocelyne aparecía en las lenguas. Era inevitable,Raymond no había conocido otra fémina con quien compartir su existencia, por loque sus triunfos pesaban poco junto a la tristeza y soledad que lo carcomían.Habiendo expresado esto, extrajo de su chaleco un sobre.

 

       François Bajac, amigo de liceo y universidad,tengo que entregarte algo. Hace unos días hice mofa de mis nietos, como siexistiesen. Lo cierto es que no tengo a nadie a quien heredar mi fortuna. Yaves que los años no son agradecidos y mi corazón no soporta más aguardos.Pronto he de abrazar a la parca e iré a los abismos de su conciencia,quedándose huérfanos mis billetes y baúles repletos de monedas. Es por esto queanoche redacté éste, mi testamento, en el cual te dejo a ti, la única personaen quien confío, lo que ilumina mis arcas. Mis bienes son todos tuyos, inclusola vieja casa de mis padres.

       Raymond… no puedo… esto es… ahora mi corazónsufre por ingrato. No puedo aceptar tu confianza luego de haber conducido tuvida a un abismo peor que la muerte.

       Basta con eso ya, no aguanto más esos recuerdos.Eres en verdad el único hombre a quien estaría dispuesto a dejarle mis riquezas,por favor, acepta mi testamento. Ya todo está arreglado, antes de emprender elviaje, ese negocio que me retrasó en Lyon del que te hablé, fue haber dejadobien claro ante el notario que tú eres mi heredero.

Brindaron alegres y Françoisrecobró una avaricia que hacía mucho tiempo lo había abandonado. Contentos seretiraron cada cual a su habitación.

 

A la media noche el señor Bajacse despertó sobresaltado. No podía respirar y el sudor empañaba sus ojos. En elcorredor, viniendo hacia su puerta, se repetía el sonido fuerte y seguro delmármol contra la madera.

 

VI

 

Antoniette salió al jardín comoera costumbre, con sus tijeras y guantes de jardinería. El metal delinstrumento resonó fuerte contra la losa del jardín y un grito fuerte se ahogócuando el cuerpo desmayado de la criada cayó al suelo. Carmen y Louis acudieronen seguida. El mayordomo se persignó al ver que todas las petunias yacíannegras junto al cuerpo de la gorda pasmada. Había cenizas junto a las floresmuertas, cenizas cuyo humo todavía vivo llamaba al viento a recogerlo.

 

Animaron a la pobre criadaacercando tallos cortados de cebolla a su nariz. Ésta recobró la conciencia yechó a llorar por el fatídico destino de sus petunias, que había cuidado contanta dedicación. Al público extrañado se unieron Gaspar y Jacques, quienes alescuchar el grito de la gorda, se habían apresurado a dejar sus labores ysocorrer a quien estuviese en peligro. El joven se santiguó y mantuvo su manodiestra empuñando el símbolo contra el mal de ojo al ver los cadáveres de lasplantas. Las heladas habían cesado ya, nada explicaba el repentino marchitardel jardín, ni mucho menos el origen de las cenizas.

 

Louis ordenó a Carmen querecogiera y echara todo a la basura, mientras Gaspar preparaba una infusión quecalmaría a Antoniette. Ordenaron a Jacques que despertara al señor y leinformara lo sucedido. Minutos después regresó el joven diciendo que el patrónno había respondido a su llamado a la puerta, debería estar durmiendo, supuso ydejó descansar a monsieur Bajac. A nadie le importó. Ya se enteraría el señordel infortunio que había caído sobre el jardín, por ahora lo más importante eramantener la calma y tenerlo todo limpio y ordenado. Así habló Louis con voz demando y todos asintieron.

 

En la tarde Carmen se dirigió asu recámara en busca de Denise, a quien había dejado dormida y no se habíapresentado todavía a realizar sus labores. Las sábanas permanecían sobre eltendedero y ya eran las dos. En el camino encontró a François, ya enterado dela catástrofe y ofuscado tanto por eso como por la repentina partida deRaymond, cuyo cuarto había amanecido desolado y sin rastro del huésped.

 

Al entrar sorprendió a Denise conel pelo hecho un nido, los rizos se batían en desorden. La joven criadaorganizaba su vestido y mostraba un moretón en el cuello, era la marca de unchupón. Carmen, sorprendida, encaró a Denise y vio en sus ojos una maldadprofunda que la ahuyentó de la habitación. Denise acariciaba su entrepierna,satisfecha del cosquilleo que permanecía sobre su monte de Venus luego de lasrepetidas y fuertes embestidas de su señor. La había amordazado primero, peroella lo convenció de quitarle las vendas y se entregó a su dominio de machoviolento permitiéndole rasgar su espalda con unas uñas largas y ennegrecidas.Había rellenado sus dos orificios con su líquido masculino y salió de lahabitación satisfecho, dejándola con las piernas separadas y suspirandoemocionada.

 

Entonces recordaba con seviciacómo recorría con su lengua el miembro misteriosamente ya curado de su antiguasífilis. En eso apareció Louis con su rejo de castigo.

 

 

 

       Chiquilla malcriada, ¡pute de la merde! Conbastante insistencia te rogué me permitieras saborear tu fruto y así mismo tenegabas. ¡Maldita seas hija del demonio! Te castigaré por haber irrespetado lacasa del señor Bajac.

       Hágalo por favor monsieur Louis, ¡castígueme!¡Lo merezco! Rebane mi piel con el cuero de su rejo, quiero ver cómo mi sangresatisface sus deseos.

 

La criada fue azotada, cincuentagolpes era lo establecido como justo. En cada azote gemía de placer y pasaba sumano por las heridas para meterse los dedos a la boca y la entrepiernasaboreando y sintiendo la espesa y caliente sangre.

 

Antoniette y los demás habitantesde la casa, excepto François, detuvieron al demente Louis, quien vociferabaincoherencias y cuya boca estaba ya bañada de espuma. Lo ataron en una de lassillas del comedor, Gaspar tuvo que noquearlo de un puñetazo.

 

El enamorado Jacques cubría aDenise con una manta mientras ella lo incitaba a poseerla. El joven, atraído ala mujer que había servido de inspiración en muchas noches de autosatisfacción,extendió sus manos hacia los senos redondos y firmes de la criada. Ella reía acarcajadas restregando su espalda contra la áspera colcha de la cama. Jacquesse hundía en los vellos apestosos a sexo de Denise, quien tenía las piernasabiertas y sus manos ocupadas en acariciar voluptuosamente al mozo.

 

François se apareció en elcomedor ignorando los gritos de placer que provenían de la recámara de la servidumbre.Su rostro lucía satisfecho y jovial. Incluso parecía haber perdido peso en unasola noche.

 

       Gaspar, ya que Louis ha perdido el juicio, ve túa la oficina de correos y envía esta carta, la dirección está anotada en elsobre.

       ¿Escribe usted al señor Raymond?

       No, escribo a su abogado, pronto enviará unaherencia que nos dará a todos nosotros una vida de lujos superior a la quepodía aspirar con mi sueldo. Es posible que ustedes dejen de trabajar para mí,renovaré la servidumbre y ampliaré la casa. No tienen que marcharse, sequedarán y vivirán cómodamente haciéndome compañía. Ya verán cómo todo searreglará. Por lo pronto hágase cargo de llevar esta carta al correo, conpermiso.

       De acuerdo señor.

 

El patrón se retiró a su cuarto yquedaron todos mudos ante la noticia. Los gemidos enloquecidos de Denise y lossuspiros realizados de Jacques no alteraron las meditaciones de Carmen,Antoniette y Gaspar, quienes en el comedor ya imaginaban el futuro que lesdeparaba la fortuna a que había sido acreedor el señor Bajac.

 

       Podré perfeccionar la cocina y contratar a losmejores cocineros de Francia, ¡vendrán sumisos y trabajarán para mí! –gritababailando Gaspar, que agarraba de gancho e incitaba al baile a Carmen.

       Está bien Gaspar, yo dejaré de fregar los baños,los trastos, los pisos, las paredes, las ventanas, ¡oh! Me parece que no escierto –respondía alegre Carmen, aceptando el brazo del cocinero.

 

 

Antoniette seguía muda, teníafresco en su memoria el recuerdo de las petunias muertas y la escandalizaba elespectáculo que Denise había optado por ofrecer, en buena hora había decididoofrecer su vagina y cómo lo había hecho, parecía poseída por el demonio.

 

La criada regordeta mirabapiadosa al viejo Louis, quien también había abrazado a la locura. Todo eraextraño, incluso el anuncio de su futura riqueza. Era mucho pedir para unacriada analfabeta, cuyas mayores preocupaciones tenían que ver con la limpiezade porcelanas y el lavado de ropa. Su cabeza estaba a estallar por el tránsitorápido e indiscriminado de dudas, pensamientos, sueños, ideas y miedos. Sinembargo, un pensamiento se repetía incesante. Y trató de contenerlo hasta quetuvo que dejarlo expresarse.

 

       ¿No han notado ustedes esta mañana un siseofastidioso en la voz del señor Bajac? Dios es testigo de que odio los siseos,me provocan escalofríos, es como cuando los cuchillos crujen contra el plato,madre mía qué coraje.

ILUSTRACIÓN: COPRÓLALO
TEXTO: COPRÓLALO

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publicado por fernandotorres a las 23:29 · 2 Comentarios  ·  Recomendar
 
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Comentarios (2) ·  Enviar comentario
Qué buen texto Gaelito.
publicado por José Báez, el 19.03.2007 03:23
Gracias José, por fin se lo leyó no? Jaja. Es el cuento más largo que he escrito hasta el momento.
publicado por Coprólalo, el 19.03.2007 11:43
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