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¡Sorpréndeme!
Letras Ignoradas
De la mano de la musa ensangrentada
18 de Marzo, 2007    CUENTOS

Aplauso rojo



Lo golpeé porque su rostro me pareció un insulto. Véalo no más, es un albino. Su chaqueta marrón no combina con esos jeans rojos, ¿se da cuenta? Ese hombre tiene que ser castigado. Al parecer los nombres franceses son aceptados entre los hispano parlantes como algo “siempre a la medida”. La historia que venía a contarnos ese miserable se titulaba: La belle nuit, como si La bella noche fuese para nosotros un título digno de interés. Todo lo extranjero nos parece bueno, y en verdad es bastante regular.

 

A eso de las cinco de la tarde, cuando yo me disponía a organizar la mesa de los ponentes vino un muchacho de quince años con la noticia de que el francés Edgar Lautrec había confirmado su asistencia a última hora. No sabe lo feliz que me puse, ya no tendría que improvisar. Los cartelitos con los nombres fueron acompañados por el que había guardado en la bodega arrepentido por su ausencia. El señor Lautrec aparecía ahora entre los ponentes, de frente a una claque siempre dormida, de esas que alguna vez bautizaron a ese supuesto señor de la vida. Debo confesar que de ser ése mi argumento para golpear al francés, tendría que lastimar a muchas personas del público y por supuesto a uno que otro de los conferencistas, gente inútil, gárgaras de la existencia.

 

El motivo de esta ponencia es la nueva narrativa latinoamericana, para lo que al ingenuo del productor le pareció importante invitar a un autor europeo que expresara su punto de vista con respecto a la evolución literaria de nuestro continente. Claro, los europeos piensan que pueden opinar sobre todo, y nosotros los seguimos llamando para que lo hagan. El hecho es que ni el costeño ni ese otro bogotano, los supuestos mejores escritores de Colombia no hicieron su arribo. La verdad es que no se los necesitaba.

Nancy, la mujer que me asiste, llegó más temprano que yo y cona yuda de los hombres de logística cuadraron el auditorio de tal manera que la circulación fuese más fluida que el año pasado; tuvimos un muerto. Ni siquiera las letras calman el instinto de los suicidas. Ella se ha encargado de velar por que yo no pierda la cordura dentro de este traje añejo y utilizado mil veces. El reloj de la mano izquierda ya no sabe si sigue siendo zurdo o si tal vez se ha vuelto diestro. Una muñeca no deja de serlo pero sí pierde su esencia cuando por tanto tiempo ha estado al alcance del absurdo. La literatura, se suponía, me liberaría de estas vejaciones melancólicas, pero al parecer no ha sido así. Aquí en el mundo literario todavía siento el escozor de la nube gris que sobrecoge a los tibios. Nancy lo sabe, ella siempre lo supo, incluso antes de pedir trabajo. Es mi esposa. Eso también me fastidia. También debería golpearla.

 

Entonces llegó la gente. Todos invitados muy importantes del gremio intelectual de América Latina. El público estaba conformado por profesionales de todas las áreas que se ponían la mano en la barbilla y fruncían el cejo unas veces especulando, otras, la mayoría, fingiendo. Los peruanos se quedaron dormidos durante la segunda intervención y ni hablar de aquellos colombianos distraídos para quienes sólo importaba la copa de vino al finalizar el evento. De todos, los que menos me fastidiaron fueron los argentinos, esos señores decentes con ínfulas de estiércol europeo por lo menos tenían un aura definida, sus personalidades devastadoras barrían el recinto. De las mujeres ninguna se salvaba, excepto aquella en cuya camiseta un estampado revelaba a Castro lamiendo los genitales de Lenin mientras recibía una felación de Chávez. La izquierda es estúpida y la derecha mediocre, a todos ellos, si pudiera, también los golpearía.

 

Un anciano, el supuesto personaje más importante de la conferencia, parecía implorar por un poco de vida en lugar de estar preparado para discutir sobre el papel del escritor en la reivindicación de los marginados. Él era la historia oficial que vilipendiaba. Él era el demonio al que ofendía con su proseo elitista y falsamente disfrazado de solidaridad literaria. En eso llegó el francés.

 

Como todos, atravesó la sala ofreciendo excusas con una mano levantada y saludándonos a todos con la boca entreabierta, por la que se asomaba una hilera deforme de dientes careados en un gesto de estulticia abrumadora. Sus ojos entrecerrados y cobijados por la blancura de sus cejas provocaban repulsión en mis entrañas, esas gafas de vidrio grueso aumentaban sus pupilas, era un hombre digno de ser maltratado. Déjenme ese derecho, todos debemos alguna vez odiar a alguien, qué mejor que a un albino estúpido, sucio y con ganas de parecer literato. Hay quienes detestan a sus madres cuando las encuentran vencidas en una silla de ruedas; otros aborrecen a los mancos y cojos; muchos detestan ver a niños contentos jugar al idiota, así que no hay problema con que yo quiera prender fuego a este auditorio. Alguien dijo: “Junten a veinte Premios Nobel y tendrán a veinte idiotas”, pues yo digo que juntar a dos mil literatos es enfrentar el Juicio Final, sólo que sin juez ni fin.

 

Traté de ubicar al francés en su sitio de la mesa sin desesperar. Pero justo cuando se sentó y me miró agradecido, no pude evitar imprimirle un puñetazo en esos labios gruesos y babosos. Cayó como un niño. Sangraba. No me disculpé, sólo me quedé observando cómo ese hombre inexistente se revolvía en el suelo con las manos en la boca tratando de alivianar el dolor de su condición. Cuando miré al público, estaba listo. Así también los ponentes. La claque hizo su labor y el aplauso nació de la algarabía de manos absurdas que rojas, se golpeaban a sí mismas.

ILUSTRACIÓN: COPRÓLALO

TEXTO: COPRÓLALO

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publicado por fernandotorres a las 17:14 · 1 Comentario  ·  Recomendar
 
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Comentarios (1) ·  Enviar comentario
Qué buen cuento. Hay unos errores maricones en un párrafo. Pese a eso me gustó.

Lo único y que me gustaría hablar con el Coprólalo (largo y tendido) es ¿qué entiende usted por absurdo?
publicado por José Báez, el 19.03.2007 02:47
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