
– Yo sólo quiero que usted me comprenda –repitió Dayer apuntando ahora al rostro de Ernesto.
– No tengo nada que comprender, por favor guarde el arma.
– ¡Que no! Se lo suplico, ¡por una vez en su vida preste atención a lo que tengo que decir!
– Es usted curioso, hace unos momentos entró al despacho con intenciones de matarme y ahora ruega que lo oiga. Si voy a morir no sirve de nada que lo haga, y si en definitiva usted es incapaz de presionar el gatillo, tampoco, me es indiferente– afirmó Ernesto poniendo en orden un manojo de papeles sobre el escritorio a la vez que aseguraba su poder sobre Dayer.
– ¡No lo creo! Usted es un hijueputa incluso con una pistola en la frente –aprieta el arma en su mano, suda y sus pies arrugan nerviosos el tapete –. Mire, todo esto ha sido un infierno para mí. No sabe lo que es cuidarse de que nadie lo reconozca en la calle, destruir toda prueba de su existencia. No obstante, ser nadie se convierte en un martirio, el anonimato se encarga de reducir sus expectativas y anhelos al terreno de lo cotidiano, lo que he venido a…
– Usted ha venido tan solo a importunarme. ¿Ve esa planta allí? ¿Cree que sus problemas me interesan más que eso? La planta está contenta con su anonimato, no busca un arma para ganar mi atención. Así debería ser usted, acostumbrarse a la soledad, ya tuvo su tiempo de fama.
– Yo fui su títere, me usó al antojo de unos cuantos burócratas gordos y corruptos. ¿Comprende el dilema? Por un lado veo necesario evitar que mi rostro le parezca familiar a la gente, y por el otro, me harto de la oscuridad. Cada paso que doy para preservar mi integridad física me hunde en una crisis existencial que carcome desde adentro y no puedo calmar.
– Disculpe señor Valencia, pero esas maricadas de las crisis existenciales guárdeselas para cuando esté cagando. Yo no tengo tiempo…
– ¡Cállese malparido! –aprieta la boquilla del revólver contra la frente del ejecutivo –Usted me va a solucionar el problema ya o me veré obligado a manchar su tapete con…
– ¡Oh! por favor, no me haga perder el tiempo. ¿Qué puedo hacer yo para que usted se olvide de la gente y consiga empleo en otro teatro? Si tiene problema con esto ha escogido mal su profesión.
– No se trata de conseguir empleo, se trata de recuperar la tranquilidad.
– Usted no quiere eso, piénselo bien. Mala suerte que haya sucedido lo de Vicky, todos la queríamos mucho y es evidente que las audiencias están pendientes de saber su versión de los hechos. Pero ¿qué hacer? Aquí no podemos devolverle el papel en la obra con esa imagen. Si quiere fama vuélvase cirquero, pero eso sí, váyase bien lejos.
– Lo dicho, no comprende. Es el absurdo de la vida a la que tuve que incorporarme lo que mefastidia. No me importa desempeñarme en cualquier otro oficio, pero simplemente no siento ganas de hacerlo, nada me llena. Además vivir con ojos encima es muy jodido. Ayúdeme.
– Usted nisiquiera tiene un conflicto serio, es una payasada. La gente adulta sobreviene a sus problemas, los afronta con seriedad y razón. No me venga a quitar el tiempo con un capricho tan estúpido.
– Sí, pero tengo un arma.
– ¿Y qué pasa?
– Pues que aquí el que manda soy yo.
– Supongamos…¿entonces qué tendría que hacer yo?
– Es simple, emita un comunicado en el que limpia mi nombre de toda responsabilidad con respecto a la muerte de Victoria Gómez, tal vez cuando sienta que la gente no me vigila pueda encontrarme de nuevo y salir de las tinieblas en que me hallo.
– ¿Y si no?
– Volvemos a lo mismo, tendré que usar mi arma.
– Esto es absurdo.
– Sí que lo es,pero de nuevo, usted está encañonado, no tiene muchas opciones.
– Usted es el que carece de opciones. Dispara, el edificio entra en alerta, lo arrestan, lo enjuician y pasa varios años en la cárcel. Luego queda libre pero entra a una jaula peor que el anonimato humillante del que se queja. Hágame caso, guarde el revólver, regrese a su casa y trate de “encontrarse a sí mismo” no sé, haciendo yoga o cualquiera de esas cosas.
– Indolente. ¿Me va a ayudar?
– No veo cómo.
– Por medio del comunicado, es algo sencillo.
– Puede ser sencillo, pero imposible.
– ¿Por qué?
– Porque lacompañía no sabe con certeza los pormenores de la muerte de la señorita Gómez, sin embargo el semen es suyo, con eso nos basta para desconfiar.
– ¿Y veinte años de fidelidad a su compañía no son suficientes para que confíen en mí?
– Ahora piense,¿qué de lo que yo escriba alivianaría su situación? Yo no soy la fiscalía.
– Usted serviría como testigo importante.
– Me pide que mienta.
– Le pido que se apiade de mí.
– No puedo.
– Entonces me deja sin salida.
Dayer Valencia agarra su arma con ambas manos y aprieta el gatillo siempre apuntandoa la frente de Ernesto Daza. Esa cabeza que cae luego del impacto, esos sesos regados por el suelo y los gritos de las secretarias con que había soñado, nunca llegaron a ser. Una y otra vez suena el fracaso de Valencia. Clic, clic. Ernesto termina de organizar los papeles y ahora enciende la pantalla de su computador para revisar un extracto bancario. El otro abre la boca paracontemplar el aparato en su mano. Esa expresión sólo puede conmover a los idiotas. Dayer palidece. Su cuerpo se enfría a medida que una baba pequeña se escurre del labio inferior. No recordaba que jamás había planeado disparar. Reconstruye las incoherencias de la conversación y el último clic es el de la puerta tras de sí. Adentro, una planta se enorgullece de su existencia y diez dedos teclean tranquilos el destino de otros.
ILUSTRACIÓN: COPRÓLALO
TEXTO: COPRÓLALO