
Lucien Freud, Miniatura con paloma
Anoche
soñé que llegaba al apartamento, colgaba el abrigo cargado de gotas en el
perchero y ensuciaba el tapete con los zapatos llenos de barro. También soñé
que veinte años más tarde, entraba en la cocina y preparaba un cochinillo a la
segoviana y lo acompañaba de un buen Merlot. Al llegar a la sala, una cantidad
infinita de gaviotas surcaban el cielo de tan vasto paisaje, y sobre la arena,
siete niñas desnudas se acariciaban sin malicia, como si no fuesen sus cuerpos
lo que estuviesen tocando sino el agua insensible del mar allá en el fondo. Las
olas chocaban contra sus pies inocentes y el vino servía como trineo sobre el
cual viajaba un pedazo de cerdo cocinado hacia la charca de mi estómago.
Encendía
un tabaco que no me molestaba y catorce segundos antes de entrar al
apartamento, todavía con el abrigo llorón y las piernas entumidas, abrí los
ojos, que desde siempre han estado fijados al techo. La puerta del balcón
estaba abierta, no era la brisa lo que se filtraba, sino los mismos efluvios de
un asfalto caliente y ahogado. Ni el mar ni las gaviotas eran visibles desde mi
piso, sólo advertí a una paloma que entró exhausta y se posó sobre mi pierna flexionada,
como si ésta fuese un muro cualquiera o una pila de agua.
Duré
varias horas en la misma posición, contemplando el cielo a través del
cielorraso, como una visión melancólica que se sobrepone a la realidad
enjalbegada de ladrillos y madera. Lo peor es que no es gris como todas mis
tardes, su calor hierve mi sangre y me sumerge en un pozo de grasa roja. El sol
está ahí como siempre, inalcanzable, orgulloso moviendo sus tentáculos de
infierno, acariciando senos y penes caídos, derrotados. Como el mío, que en
este momento se desvive por desprenderse hacia la izquierda; jadeante tira de
sus dos cargas peludas y se arrastra por el desierto de piel cuarteada que lo
aleja del paraíso de la nada.
Sin
mirar, noto que no es la pata de un cerdo lo que tengo apretado en la mano
izquierda. Se trata de un cuerpo peludo de huesos frágiles, cuyas garras siento
clavadas en la piel; la cola seduce mi pierna lánguida mientras su cabeza de
rata muerta escapa a mis dedos y reposa sobre el sofá. Ya he intentado pararme
varias veces, pero es imposible. Estoy condenado a esta posición contemplativa
hasta que la paloma y la rata dejen de amarse. Uno de los dos ha muerto, pero
su cuerpo continúa conversando con el ave, que mansa, ha decidido pertenecer a
mi cuerpo mediante la fusión de sus patas con mi rodilla. Algo se dibuja en el
techo, debo confesarlo. Es lo que me obliga a observar por años. Son dos
piernas unidas por el cálido contacto de las plantas de los pies, dos animales
que no existen y sin embargo mantienen un idilio atormentado, y el pincel, que
aún no ha decidido, y por eso condena mi existencia a un sueño desangrado de
órganos en combate, si he de tener rostro de hombre o de mujer.