
No
es necesario que los cuarzos sean recargados ni con reiki ni con otra de esas
disciplinas. O eso es lo que vino a contarnos este señor. Según él, los cuarzos
obtienen por sí mismos la energía necesaria para desempeñar sus funciones en
nuestras casas. Con ellos evitamos la presencia de seres extraños y energías
malignas. Yo soy Frank, tengo cuarenta años y soy vicepresidente de una empresa
multinacional que fabrica artefactos tecnológicos. Desde hace unos días he
estado en desacuerdo con algunas de las cosas que este señor nos dice en
nuestras reuniones. Él es un maestro en yoga, reiki, shia-tsu, y está
terminando un curso virtual de reflexología y espera poder abrir unas tutorías
particulares cuyo costo estribaría entre uno a dos millones de pesos. Por ahora
nos reúne en el altillo de una de sus estudiantes y como hoy, nos habla de las
cosas que debemos hacer para mejorar nuestras vidas.
Llego
a la casa sin cansancio, mi pelo ha dejado de envejecer y mi mujer se asusta
cuando saco mis colgandejos para alejar la mala suerte. El whisky me sabe ahora
a feo porque supuestamente no debemos beber. He tenido que dejar el cigarrillo
porque aparte de joderme los pulmones, se supone que destruye mi alma. También
el sexo ha sido regulado, en exceso es perjudicial, se prefiere su ausencia. Como
era de esperarse, rindo mejor en el trabajo y las cosas van mejor que nunca,
pero me siento vacío. Cuando amarro mis zapatos ya no me traquea la espalda, al
lavarme la cara en el baño no me dan ganas de romper el espejo de un puñetazo.
El desespero que me dominaba al tener conciencia del anillo de bodas ha
desaparecido. Estoy cansado de colgar piedras, ocultar hojas y escribir en
pequeños papelitos cuáles son mis propósitos para este año y ocultarlos detrás
de los sofás o dentro de los libros del estudio. Por cierto, ya no leo, he
perdido la necesidad de hacerlo. Creo que haciendo un balance de los efectos,
estas nuevas prácticas me han convertido en un hombre nuevo y exitoso, aún más
de lo que era antes. Incluso he decidido retomar el hábito de salir a ciclovía
y ahora visito a mis padres una vez al mes. Pero lo repito, siento que tengo el
cuerpo hueco.
Este
señor continúa su perorata sobre las maneras de detectar presencias extrañas
con dos varillas de acero. Las sostiene perpendiculares a su pecho a la misma
distancia del suelo. A medida que mueve sus manos, las puntas de los objetos se
buscan o rechazan, entre más cerca se encuentren significa que existe una
alteración energética en el ambiente. Su rostro está limpio y creo que veo el
rastro de polvos de maquillaje sobre sus mejillas. Su pelo es canoso, es un
tipo que inspira confianza a simple vista, pero con lo que llevo escuchándolo
me gustaría más bien golpearlo por tantas sandeces. Tiene mucho dinero, se le
nota en la ropa y cómo lleva los zapatos. Está jugando con sus varillitas de
acero mientras yo distingo cómo su bragueta está un poco abierta y deja ver
unos calzones blancos. Lo imagino desnudo y me dan ganas de matarlo. ¿Cómo
puede alguien existir con semejante trabajo tan inútil? Me doy cuenta de que
los que estamos aquí, atendiendo a las estupideces de este embaucador somos
todos adinerados. No necesitamos de sus consejos pues estudiando y trabajando
como negros hemos comprado nuestros Mercedes y nuestros apartamentos en
Rosales.
Entre
nosotros hay una mujer que hace dos semanas salió con una de las historias más
extrañas que he escuchado en toda mi vida. Se encontraba meditando en su casa
cuando de repente sintió la necesidad de desdoblarse. Nuestro maestro nos había
advertido alejarnos de semejantes tentaciones, pero ella quiso probar. Así que
se permitió salir de su cuerpo, pero cuando lo hizo, creyó ser un gusano. Era
increíble ver la credulidad en las caras de los demás cuando la mujer decía que
reptaba por las calles aledañas a su casa como un vil gusano, sentía que el
mundo era inmenso y devastador, como si no lo fuera siendo tan sólo humanos. En
su aventura, el gusano atravesaba la ciudad y se metía en una alcantarilla,
para conocer ese mundo subterráneo lleno de misterios y de ratas. Pobre gusano,
decía ella, pobre de mí, repetía a cada instante. Vio cómo indigentes se
arrastraban en esa ciudad oculta y enterrada, ellos gritaban de dolores
invisibles mientras el gusano exploraba curioso una vida que nunca conocería
por más bondadoso que quisiera ser. Entonces, en el clímax de su historia,
momento en el que confesaba haber visto al Maestro Jesucristo levantarse de
entre los caídos, en el primer piso el hijo de la dueña de casa puso en el
equipo de sonido un disco de ACDC.
Respondiendo a un instinto
de sobrevivencia me arrojé por las escaleras del ático y busqué desesperado los
parlantes que emitían esa música purificadora. Me arrastré como el gusano del
que había escuchado hablar unos minutos atrás y cuando llegué a la primera
planta un joven de pelo largo estaba bailando como Angus Young mientras sonaba
You shook me all night long. Yo me levanté y como pude lo abracé, le grité que
me había salvado del infierno e intenté bailar con él la misma canción. Pero el
joven me miró furioso y yo comprendí. Arreglé la corbata y me peiné. Me
disculpé y subí las escaleras de nuevo pisando no tan fuerte para no molestar a
los que en el altillo me esperaban.
ILUSTRACIÓN: JOSÉ BÁEZ
TEXTO: COPRÓLALO