Tengo la garganta encendida,
quema y quema. Cuando intento rascarme, los dedos se me quedan prendidos de la
maraña de pelo que tengo por barba. Mentira, no tengo barba pero sería bueno
que se me enredaran los dedos. He bebido quién sabe cuántos días seguidos. Ron,
guaro, whisky, brandy, usted dígame un trago y yo le digo que sí, que sí lo
tengo dentro royendo lo que queda de mí. Izquierda derecha, y luego otra vez,
sí, todavía puedo bailar, usted sólo vea mis pies. Ahora mire mis manos, se mueven
¿o no? La música es más fuerte que cualquier botella. Usted
sólo observe cómo este payaso borracho sigue divirtiendo a esa claque de niños
bobos. Uno, dos, tres, cuatro y venga, vaya, voy. Eeeeeeeeeeeeeeeh! Pum pum,
¿lo ve? ¡Monociclo! ¡Pastel! ¡Redoble de tambor! ¡Jeh jeh jeh! Ronda niños,
todos cogidos de las manos vamos a saltar, primero una pierna luego la otra,
siempre es así, primero algo luego lo otro, ser payaso es ser un Perogrullo. Y
vamos con ¡jay jay jay! Después ¡jey jey jey! Eso es. Yo soy la diversión,
bohemio hasta la muerte y desde bebé. Ojos negros llorones, cara pálida y
labios rojos regordetes. Tengo el pelo rojo, verde, magenta, azul, amarillo, o
sea de ningún color. Como mi alma. Esta silla es incómoda. Pero es mejor estar
aquí sentado que seguir con lo mismo. Las manos me arden y la nariz de plástico
rasguña en los bordes. En mi cabeza sigo payaseando. Sí payaseo, es de las
profesiones más serias en el mundo del espectáculo, nada fácil le cuento. Yo
comencé cuando tenía ocho años, el circo me sedujo como la pluma a un escritor
o el mundo a un pintor. Cada vez que yo me paraba en el escenario sentía como
si estuviera dando la primera pincelada sobre un lienzo. Hacer arte es
transformar y los payasos presenciamos la mejor de las metamorfosis, la
alegría. Estoy seguro de que usted sí habrá visto por ahí unas cuantas
sonrisas, pero todas son hipócritas. Cuando los niños sonríen es porque quieren
algo, pero cuando se cagan de la risa, cuando las carcajadas pretenden
romperles el pecho, los rostros se les ponen rojos y les duele el abdomen es
porque hay un payaso en frente de ellos cometiendo su profesión.
Yo camino lento de un lado para otro, los brazos se
retuercen como hechos de plastilina. Doy zancadas guiado por el ritmo de la
canción. ¿Eso es una flauta? ¡Pum…. Pum… pum.. pum.. pum pum pum pum más
rápido! ¡Jeeey! Venga conmigo, no se arrepiente, aquí tengo maquillaje. ¡Poing
poing kaplung splash! Jajajaja esto es lo mejor que puede hacer un hombre.
Aunque… de verdad que esta silla me incomoda. Es de madera y todo, como la
mayoría. Tiene un cojín forrado en cuero que se supone debería calmar las
ansiedades de mi trasero pero no sucede. ¿Le molesta si fumo? Soy el primero en
hacer esto. Deserté. No se engañe conmigo, hace ya cuarenta años que dejé el
circo. Estuve un tiempo payaseando en cumpleaños y eventos infantiles, pero eso
me destruyó más que los vicios. ¿Ha escuchado hablar de los payasos
melancólicos? Pues yo soy el primero de ellos. Con mi violín soy un maestro. No
he escuchado, y eso que he viajado por todo el mundo, un instrumento más
triste, es el arma del acongojado. Desaparece el maquillaje y las lágrimas
cobran vida. Así como sucede ahora, yo aquí sentado en el patíbulo. ¿Puede
interpretar algo de Vivaldi para mí? Yo sé que bajo esa tela negra usted
sonríe, y también sé que usted ama a Vivaldi como me ama a mí. ¿No? Al menos
dígame que he sido su mejor trabajo. Ya lo ve. La profesión más seria en el
mundo del espectáculo.