Como
la mayoría de las historias que suelen sucederme a menudo, ésta comenzó
destapando una cerveza. Me encontraba en la segunda planta de un bar cubano, al
otro lado de la calle había un edificio viejo de apartamentos todavía
habitados, en el balcón que daba a mi ventana había un perchero del que colgaba
un vestido amarillo. Pero no lo noté de inmediato. Abajo un hombre pequeño de
bigote empujaba un carro de madera con un negrito adentro, el adulto recogía
cartones, latas y bolsas. El niño las acomodaba dentro del carro sin jugar con
ellas. En la sombra que producía el balcón del edificio del frente una mujer
ofrecía sus servicios, llevaba chaqueta negra y falda del mismo color, medias
rotas y tacones viejos. Su cabellera era rojiza, teñida a las malas con la
ayuda del agua oxigenada e iris. Dos jóvenes punkeros caminaban despreocupados
con poemas mal escritos en papeles blancos que pensaban intercambiar por
cualquier moneda. Si pudiera ver el final de la calle y girar un poco hacia los
cerros vería entonces a una familia de desplazados bañándose, es posible que
también saciando su sed en el Eje ambiental, y aún más allá, girando a la
derecha, con suerte presenciaría un atraco, tal vez un estudiante novato o
cualquiera de malas. Pero no podía y lo único interesante era ese vestido
amarillo con un cuerpo invisible dentro, de pie en el balcón del edificio al
cruzar la calle. Sin embargo, antes de percatar su presencia miré hacia abajo.
Sobre
la mesa había escrito un nombre. En cenizas las letras estaban formadas de
manera inconciente, perro, perro, perro. Hubiera escrito Gaudí, tanto mejor
garabatear Pambelé, pero aquella conciencia oculta en mi cabeza prefirió evocar
a quien me había traicionado, a ese hijo de puta que se acostaba con mi mujer
en la misma puta cama que yo había comprado a pulso, trabajando, traduciendo
pendejadas para una gente peor de pendeja. Me abruma saber tantas cosas
inútiles y no haber hecho de mi vida algo que valiera si acaso un peso. Si
alguien tenía una duda recurría a mí, se iba contento. Claro, su vida se
libraba de incertidumbres. Pero y la mía. Qué pasaba cuando yo dudaba, cuando
me estallaba la cabeza con preguntas cada vez más preocupantes. Pues quedaba
mamando. Nadie sabía.
Fue
por una de esas dudas que entré a este bar. Iba por ahí como esos punkeros, con
las piernas flácidas, el estómago vacío y el cerebro lleno de mierda. Me
importaba un culo todo y estaba decidido a tirarme de algún puente o algo así
si continuaba en ese estado. Dos días sin afeitarme y esta puñetera rasquiña;
dos días sin acostarme sobre el semen de mi amigo ni tocar a una mujer que
nunca fue mía. Probado mi hígado con vodka trasnochado no quedaba otra opción,
meterme en el primer chuzo inmundo que viera y pasar allí las horas
interminables que podría aprovechar rezando, trabajando, etc. La duda era
simple, sus palabras iniciales eran el leitmotiv de mi vida, la banda sonora de
mi película: por qué putas. Por qué putas soy traductor, cambio las palabras de
un idioma a otro, violo a una rubia esbelta para dar a luz a una gorda calva y
mofletuda. Por qué putas no llueve. Por qué putas hay negros. Por qué putas me
casé. Por qué putas vivo. Entre tantas putas vi la entrada, las materas, la
bandera. Subí las escaleras luego de saludar a una vieja horrible que vendía
minutos, como si hubiera alguien tan contento como para alargar su tiempo en
esta pocilga de planeta. Los que atendían no eran cubanos, o habían perdido el
acento, era como ver a un drogadicto rehabilitado. Un marihuanero cura. La
música por lo sí había nacido en la isla. Me senté en el único balcón
disponible, lejos del resto. El resto era por supuesto un hombre en chaqueta
roja que le susurraba piropos a una mujer de treinta años con peluca y labial
fucsia. Bajo la mesa él movía su mano, experto conocedor del arte de la
conquista. En cinco años si tus dedos se entumecen a ella no le importará
buscar otros mejores, pensé. Un trago siempre alivia los dolores. Adentro todo
está en desorden e hirviendo, pero la cerveza actúa de inmediato. Sientes su
paso enfriando las penas; como diciéndote: fresco compadre. Entonces el zapato
marca el ritmo de la canción, una mano rasca el sarpullido en la ingle y la
otra hace círculos con la ceniza sobre la mesa. Los labios aprietan el
cigarrillo deforme, el corazón dice no me jodan, el estómago discute, en los
intestinos un gas busca desesperado una vía de escape, los vellos se erizan,
saben que algo va a suceder, el oído se agudiza. Ojos que esculcan a la gente
que pasa, sombrero abajo, cerveza derramada, sangre. Sé lo que piensas
fracasado. Calma amor mío, me dice la mujer. Bueno, no me lo dice a mí pero me
está mirando. El barman se interpone y los expulsa, no se molesta en ayudarme a
levantar, espera que lo haga solo. Pensar nunca había sido tan fatídico, sólo entonces
supe que pienso en voz alta. Pies firmes sobre el suelo, manos a la mesa,
esfuerzo, ya está. Levanto la botella vacía que desde luego me cobrarán
habiendo bebido tan poco. Cuello adolorido, orejas a reventar y ojos que se
detienen sobre un vestido amarillo en el balcón del edificio en el otro costado
de la calle. Había estado siempre allí, me había visto entrar, fanfarronear,
lloriquear, beber un poco, caer, levantarme. Sólo lo pude ver unos cuantos
minutos, un viejo acabado, con lagañas negras bajo sus ojos, brazos peludos y
dientes cariados salió de la habitación y acarició el traje mientras lo retiraba
del perchero. Era tan suave en sus tratos que parecía más bien un caballero
educado, o un marica que una mortaja indecente. Acariciaba el vestido con una
sonrisa que le llenaba la cara, era horrible de ver, pero transmitía cierta
alegría. Adentro bailó con el vestido y lo depositó sobre la cama. Se arrodilló
en frente y juntó sus manos, al parecer rezaba. Luego se desnudó con vitalidad
y mostrándome todo su ser sin darse cuenta de que lo observaba, cerró las
ventanas. Pagué la cerveza y salí jugando con las monedas. Me quedé unos
minutos más todavía bajo el balcón, tratando de escuchar e imaginar lo que
sucedía dentro. Qué mira, preguntó la puta. Nada sumercé, respondí. Caminé
calle arriba, volví a casa con mi mujer. Tan pronto como pude le compré un
vestido amarillo.
ILUSTRACIÓN: COPRÓLALO
TEXTO: COPRÓLALO