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Letras Ignoradas
De la mano de la musa ensangrentada
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08 de Abril, 2007    CUENTOS

El viejo del vestido amarillo



Como la mayoría de las historias que suelen sucederme a menudo, ésta comenzó destapando una cerveza. Me encontraba en la segunda planta de un bar cubano, al otro lado de la calle había un edificio viejo de apartamentos todavía habitados, en el balcón que daba a mi ventana había un perchero del que colgaba un vestido amarillo. Pero no lo noté de inmediato. Abajo un hombre pequeño de bigote empujaba un carro de madera con un negrito adentro, el adulto recogía cartones, latas y bolsas. El niño las acomodaba dentro del carro sin jugar con ellas. En la sombra que producía el balcón del edificio del frente una mujer ofrecía sus servicios, llevaba chaqueta negra y falda del mismo color, medias rotas y tacones viejos. Su cabellera era rojiza, teñida a las malas con la ayuda del agua oxigenada e iris. Dos jóvenes punkeros caminaban despreocupados con poemas mal escritos en papeles blancos que pensaban intercambiar por cualquier moneda. Si pudiera ver el final de la calle y girar un poco hacia los cerros vería entonces a una familia de desplazados bañándose, es posible que también saciando su sed en el Eje ambiental, y aún más allá, girando a la derecha, con suerte presenciaría un atraco, tal vez un estudiante novato o cualquiera de malas. Pero no podía y lo único interesante era ese vestido amarillo con un cuerpo invisible dentro, de pie en el balcón del edificio al cruzar la calle. Sin embargo, antes de percatar su presencia miré hacia abajo.

 

Sobre la mesa había escrito un nombre. En cenizas las letras estaban formadas de manera inconciente, perro, perro, perro. Hubiera escrito Gaudí, tanto mejor garabatear Pambelé, pero aquella conciencia oculta en mi cabeza prefirió evocar a quien me había traicionado, a ese hijo de puta que se acostaba con mi mujer en la misma puta cama que yo había comprado a pulso, trabajando, traduciendo pendejadas para una gente peor de pendeja. Me abruma saber tantas cosas inútiles y no haber hecho de mi vida algo que valiera si acaso un peso. Si alguien tenía una duda recurría a mí, se iba contento. Claro, su vida se libraba de incertidumbres. Pero y la mía. Qué pasaba cuando yo dudaba, cuando me estallaba la cabeza con preguntas cada vez más preocupantes. Pues quedaba mamando. Nadie sabía.

 

Fue por una de esas dudas que entré a este bar. Iba por ahí como esos punkeros, con las piernas flácidas, el estómago vacío y el cerebro lleno de mierda. Me importaba un culo todo y estaba decidido a tirarme de algún puente o algo así si continuaba en ese estado. Dos días sin afeitarme y esta puñetera rasquiña; dos días sin acostarme sobre el semen de mi amigo ni tocar a una mujer que nunca fue mía. Probado mi hígado con vodka trasnochado no quedaba otra opción, meterme en el primer chuzo inmundo que viera y pasar allí las horas interminables que podría aprovechar rezando, trabajando, etc. La duda era simple, sus palabras iniciales eran el leitmotiv de mi vida, la banda sonora de mi película: por qué putas. Por qué putas soy traductor, cambio las palabras de un idioma a otro, violo a una rubia esbelta para dar a luz a una gorda calva y mofletuda. Por qué putas no llueve. Por qué putas hay negros. Por qué putas me casé. Por qué putas vivo. Entre tantas putas vi la entrada, las materas, la bandera. Subí las escaleras luego de saludar a una vieja horrible que vendía minutos, como si hubiera alguien tan contento como para alargar su tiempo en esta pocilga de planeta. Los que atendían no eran cubanos, o habían perdido el acento, era como ver a un drogadicto rehabilitado. Un marihuanero cura. La música por lo sí había nacido en la isla. Me senté en el único balcón disponible, lejos del resto. El resto era por supuesto un hombre en chaqueta roja que le susurraba piropos a una mujer de treinta años con peluca y labial fucsia. Bajo la mesa él movía su mano, experto conocedor del arte de la conquista. En cinco años si tus dedos se entumecen a ella no le importará buscar otros mejores, pensé. Un trago siempre alivia los dolores. Adentro todo está en desorden e hirviendo, pero la cerveza actúa de inmediato. Sientes su paso enfriando las penas; como diciéndote: fresco compadre. Entonces el zapato marca el ritmo de la canción, una mano rasca el sarpullido en la ingle y la otra hace círculos con la ceniza sobre la mesa. Los labios aprietan el cigarrillo deforme, el corazón dice no me jodan, el estómago discute, en los intestinos un gas busca desesperado una vía de escape, los vellos se erizan, saben que algo va a suceder, el oído se agudiza. Ojos que esculcan a la gente que pasa, sombrero abajo, cerveza derramada, sangre. Sé lo que piensas fracasado. Calma amor mío, me dice la mujer. Bueno, no me lo dice a mí pero me está mirando. El barman se interpone y los expulsa, no se molesta en ayudarme a levantar, espera que lo haga solo. Pensar nunca había sido tan fatídico, sólo entonces supe que pienso en voz alta. Pies firmes sobre el suelo, manos a la mesa, esfuerzo, ya está. Levanto la botella vacía que desde luego me cobrarán habiendo bebido tan poco. Cuello adolorido, orejas a reventar y ojos que se detienen sobre un vestido amarillo en el balcón del edificio en el otro costado de la calle. Había estado siempre allí, me había visto entrar, fanfarronear, lloriquear, beber un poco, caer, levantarme. Sólo lo pude ver unos cuantos minutos, un viejo acabado, con lagañas negras bajo sus ojos, brazos peludos y dientes cariados salió de la habitación y acarició el traje mientras lo retiraba del perchero. Era tan suave en sus tratos que parecía más bien un caballero educado, o un marica que una mortaja indecente. Acariciaba el vestido con una sonrisa que le llenaba la cara, era horrible de ver, pero transmitía cierta alegría. Adentro bailó con el vestido y lo depositó sobre la cama. Se arrodilló en frente y juntó sus manos, al parecer rezaba. Luego se desnudó con vitalidad y mostrándome todo su ser sin darse cuenta de que lo observaba, cerró las ventanas. Pagué la cerveza y salí jugando con las monedas. Me quedé unos minutos más todavía bajo el balcón, tratando de escuchar e imaginar lo que sucedía dentro. Qué mira, preguntó la puta. Nada sumercé, respondí. Caminé calle arriba, volví a casa con mi mujer. Tan pronto como pude le compré un vestido amarillo.

ILUSTRACIÓN: COPRÓLALO

TEXTO: COPRÓLALO

Palabras claves vestido
publicado por fernandotorres a las 15:27  ·  2 Comentarios  ·  Recomendar
 
Comentarios (2)  ·  Enviar comentario
Deguste mucho tus palabras, exorbitantes pensamientos que se confunden con un ambiente apunto de colapsarse, pero que no lo hace, al menos no por ahora. Gracias por tu sijilosa mirada. Ojala nos encontremos de nuevo entre versos.
publicado por Maria Frieden, el 24.09.2007 15:53
Gracias a usted por sus coherentes palabras, tan inusuales en este medio tan mediocre como la blogósfera. Espero de verdad reencontrarnos a través del cómplice fetiche de las palabras.
publicado por Fernando Torres, el 24.09.2007 22:00
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