
El Horla es el hacedor de
melancolías. Vino a mí a temprana edad y ejerció su perturbadora influencia sin
recibir en contra oposición alguna. Yo era ingenuo y lo dejé habitar los
pabellones de mi mente confiando en que sería de gran ayuda, ahora comprendo
finalmente su naturaleza; estos momentos irrevocables traducen ante mi razón el
circo que el Horla ha venido representando y yo me había negado a entender. Mas
porque comprendo no estoy satisfecho, fue un error permitirle la entrada a tan
nefasto huésped. Tener pleno conocimiento de su ser, de sus actos y deseos no
me vuelve su amo y señor, salvo un mero esclavo tristemente conciente.
Como cualquiera de los parásitos
conocidos, procura que los primeros días de su estadía sean en lo posible placenteros,
aunque saberlo presente significa en sí perder toda tranquilidad digna de
evocación. Así el anfitrión pierde cuidado y deja que su invitado juegue a sus
anchas en sus terrenos; recorra sin decoro las más íntimas habitaciones del
alma y la conciencia; invada terco los recodos oscuros de una sórdida
inteligencia para dejar sobre las paredes el rastro viscoso de sus babas. Por
estas inmundicias, aquél que tan amable ha abierto sus puertas respetando la
ley del asilo pierde la compostura optando por odiar al amparado, con la
perversa seguridad de que cualquier intento por desalojar al Horla de sus
sagrados aposentos es en principio una empresa fallida.
Él llega a conocer el espacio a
la perfección manteniéndose indiscernible a los sentidos y razones del señor
que lo ha dejado entrar. Algunos han llegado a ver una nube gris y espesa que
se diluye ante un espejo, delatando un cuerpo etéreo; otros, perspicaces o
dementes ven en el Horla una imagen idéntica de sí mismos, como si presenciaran
el advenimiento de un destino bicéfalo que terminará en la muerte de uno de
ellos; de igual manera, hay quienes dan fe de haber sentido la presencia de
este nuevo ser basándose en sonidos de ollas en la cocina, luces que se apagan,
ventanas que se abren y otra suerte de percepciones carentes de explicación
lógica. Se dice que es un ser nuevo, teniendo en cuenta lo relativo que este
concepto se vuelve al tomar en consideración la vejez del mundo y el universo.
Desde que el hombre es capaz de mentir y fabular, ha presentido el advenimiento
de este demonio, de ahí sus mitologías y patadas de ahogado. Es simple, no
estamos solos y no se trata de especies alienígenas extraterrestres, ni tampoco
de hombrecillos verdes y mariposas con cuerpos de mujer, es una raza ajena a
toda ciencia, nuestra mente es incapaz de dominarla y salvo por las artes,
expresiones de nuestros miedos y preocupaciones, no hay manera de expresar su
existir.
Dejó de parecerme agradable
cuando empezó a perseguirme por las escaleras, rezagándose a la mitad y
regresando al primer piso provocando ruidos extraños en el estudio. Yo entraba
a mi cuarto muerto del susto, con los pulmones agitados y mis ojos que no
podían desprenderse de la puerta. Estaba seguro de que en cualquier momento iba
a entrar y yo debía estar preparado. Pero nunca lo hizo. Sin embargo, se
encargó de violar mis sueños, colmando mis noches de pesadillas sangrientas y
despertares angustiosos. Lo vi una vez en uno de esos sueños, era un viejo
moribundo de cabellos blancos y ojos enrojecidos que me señalaba sólo a mí
entre una multitud de danzantes desde su palco negro e inhabitable. Se aprende
a convivir con el miedo, presentando al Horla la oportunidad de tomar por
asalto nuestra existencia. Se sienta en el trono de las acciones y fidelidades
para reinar su imperio conquistado. A veces creemos que podemos derrotarlo,
pues como viene y va, sufrimos esos espasmos de heroísmo que suelen llegar
luego de la tristeza y la derrota. Pero tan imposible como separar al bien de
sus perversiones, es inútil batallar en contra del Horla.
Como dije, viene y va. Le
fastidia vivir siempre con nosotros y de seguro vagará por las infinitas costas
de la miseria del mundo mientras sentimos un respiro por su ausencia. Cuando
vuelve, una presión invade mi pecho y acongoja mi alma. La sensación de
esclavitud retorna de su exilio amado y unos grilletes se vuelven a instalar en
mis muñecas. Entonces en mi mente se fija una imagen que no puedo remover, es
un rostro añejo, lacerado, de coloración amarillenta; no logro ver sus ojos,
creo que el día en que pueda hacerlo será mi final. Pero sus dientes se me
presentan cual plateados y ennegrecidos son. Hay peste en su aliento y su
lengua acaricia las inmundicias que cuelgan de su dentadura podrida. Parece
tener una capucha replegada y detrás veo un campo de muerte repleto de
cadáveres.
Él está conmigo y ya no me
dejará. Debo esperar el momento de locura para antes de perder totalmente el
juicio, morir por voluntad y no por sus designios. No imagino las cosas que me
obligaría a hacer una vez se haya apoderado aparte de mi mente y conciencia, de
mi integridad y voluntad. No sería yo distinto a esos locos miserables
encerrados en una blancura tranquila y vomitiva. Inconscientes animales
obligados a esperar el momento de su muerte con golpes de cabeza sobre paredes,
dientes mordidos, carreras desesperadas y pequeños vasos desechables con
píldoras acompañados por un vaso de agua. Antes que ese mezquino final prefiero
el suicidio. O la muerte asistida. He solicitado a un amigo cercano en quien
deposito gran confianza, que muy a su pesar acabe con mi existencia por
cualquier medio en el instante mismo en que la cordura parezca abandonarme.
No quiero darle al mundo otro
bardo de infortunio. Sin duda empezaría a matar en su nombre, proclamaría la
existencia del Horla como lo hicieron con su antecesor, entonces en lugar de
tomar mi lugar, él suplantaría a Dios. Yo que converso con los hados negros
debo confesar que su influencia en mí comienza a asustarme. Es mi antípoda, mi
Némesis y se hará cargo de mi funeral incluso si yo mismo me tomo la labor de
ejecutarme. Pero por ahora, mientras mis dedos todavía hablan, esfuerzo mi
voluntad y comprometo a los principios, aunque falsos, a mantenerse firmes en
su actitud arrogante esperando por ese último respiro de humanidad, que huirá
alborozado lejos de este cuerpo maldito, ya flácido sobre un lecho de moscas.
BASADO EN LOS CUENTOS DE GUY DE MAUPASSANT Y JULIO CORTÁZAR DEL MISMO NOMBRE.